Hace unos años, en Carmen Durán Comunicación escribimos una entrada en el blog que reflejaba una realidad bastante común en muchas empresas: “Las redes sociales las lleva mi primo, que sabe mucho de esto…”. Aquella frase resumía una manera de entender la comunicación como algo que cualquiera podía hacer en su tiempo libre, sin estrategia ni responsabilidad.
Hoy ese “primo” tiene otro nombre. Se llama inteligencia artificial.
La irrupción de la IA en el ámbito de la comunicación, el marketing y la creación de contenidos ha sido muy rápida. En cuestión de meses han aparecido herramientas que redactan textos, generan imágenes y proponen ideas con solo introducir unas palabras. Y vuelve la misma pregunta de siempre: si una máquina lo hace en segundos, ¿para qué contar con un profesional?
La cuestión no es la tecnología en sí, sino cómo se utiliza. Desde nuestra experiencia como agencia especializada, lo tenemos claro: la IA es una herramienta, no una estrategia. Puede ayudar y agilizar procesos, pero no entiende el contexto de una marca ni sabe cómo actuar cuando la situación se complica.
Puede ahorrar tiempo y servir de apoyo. Pero no conoce la historia de una empresa ni el momento que atraviesa. No entiende matices ni sabe reaccionar ante una situación de crisis. Detrás siempre debe haber un profesional que guíe la herramienta, y no al revés.
Comunicar no es publicar por publicar
Es tener claro qué se quiere decir, a quién y para qué. Es lanzar cada mensaje con un propósito y con una estrategia orientada a un objetivo.
Y para hacer eso no basta con producir contenido. Escribir, comunicar, diseñar, definir un vídeo… todo esto es un trabajo creativo y, de momento, las máquinas no tienen creatividad porque carecen de emociones que solo los humanos somos capaces de generar para expresar lo que de verdad queremos transmitir y entender a los clientes.
La creatividad implica tomar decisiones. Elegir un enfoque y descartar otro. Ajustar un mensaje hasta que encaje con la identidad de una marca. Entender el contexto y detectar cuándo algo conecta de verdad y cuándo no.
Una herramienta puede generar opciones. Pero no sustituye la sensibilidad, la experiencia, los sentimientos ni la responsabilidad de quien está detrás.
La inteligencia artificial ha llegado para quedarse y sería absurdo ignorarla. Bien utilizada, suma. Pero delegar la reputación de una empresa exclusivamente en un sistema automático es repetir el mismo error de siempre, solo que con otro nombre.
En comunicación, las herramientas ayudan, pero el criterio humano es el que decide.
